Camino hacia el trabajo vestido con el traje de un hombre muerto y aún no ha amanecido. Hay un cierto aire de ciudad portuaria, de niebla queriendo avanzar, hay también un poso fantasmal en el trafico y sobre todo hay algo inquietante: el amanecer es de pájaros callados y cada vez que paso junto a un árbol siento un agudo escalofrio. Y acelero el paso. Me ecuentro con alguien que no logro identificar, pero nos saludamos y casi hablamos el uno con el otro cordialmente. Puede que la cordialidad sea fingida, es cierto, pero me quedo sin habla cuando en vez de estar en el hall del edificio acabamos de atravesar una puerta mágica que nos ha situado en el inmenso interior de la T3. Me quedo solo, veo que arrastro en mi mano una pequeña maleta de viaje, el informe de reservas del Banco Vaticano y un traje de tweed color crema que me da un aire aniñado. A vista de pájaro, me veo con un tupé a lo Rimbaud encanecido y aunque me veo desorientado, sin saber si tengo que avanzar o no hacia los mostradores de embarque, me sonrio como un dios travieso.
He debido tomar un avión, viajo en clase turista y me deleito al ver que las reservas en oro del Vaticano se mantienen en un 50%, suena el teléfono y la azafata me dice que responda sin miedo. Hay muchos ruidos que no reconozco y por la ventanilla, sucia y empañada veo que en las alas han escrito con letras inmensas "tupolev" y todo me empieza a inspirar una gran desconfianza. Como en una película de los años 50, observo como el avión se inclina para acercarse a las pistas de aterrizaje y sobrevolamos el palacio de invierno. Y de repente, una fuerte explosión desmembra el aparato y siento un gran alivio al ver que floto en el aire y que dulcemente llego al suelo.
Estoy sentado en mitad de ninguna parte. Hace un frío terrible y unos coches negros de la vieja KGB se acercan. Me pongo en pie. Y un agente me dice, serio y en perfecto ruso, deberías haber muerto, como Hammarskjöld.