un día dejamos de querernos
lo hacemos de repente
sin un motivo claro
pareciera que la sombra de un gigante
se haya alzado a nuestra espalda
y que el campo se haya quedado mudo
que la ciudad es un quebradizo suspenso
donde se ha perdido el gusto
por la risa
y el juego
pero solo sabemos que un día
—por sorpresa—
también dejamos de reírnos
no sabemos bien
qué ha sido de nosotros
si fue la sombra de un gigante
o la amenaza de la ola
o la espuma que ciega
el pozo de los oídos
lo que hicieron que un día
dejáramos de hablarnos
nos volvimos oscuros
como niños de miedo
pero todo parece apuntar
que de seguir así los días
dejaremos de hablarnos
para siempre.