Onetti, sin quererlo, vivía el mismo tiempo que vivimos nosotros: un tiempo voraz que se acaba a sí mismo, incesantemente; pensaba como piensan los seguidores de Heráclito, y vivía la literatura sin embargo como solo se puede vivir: para escribirla.
Lo sé desde que leí sus Reflexiones de un perdedor, texto en el que la sola forma de nombrarse dice mucho de cómo concebía la vida y en cómo la transportaba a su literatura, trasunto de este mundo, reflejando sin goce y con maestría la oscura condición humana y nuestra aún más oscura concepción de la divinidad, en medio de la férrea carnalidad de nuestro pensamiento.
Un perdedor que, sin decirlo, compartía el anhelo de Borges, Proust, Flaubert o Quiroga de perdurar por medio del ejercicio escrito, de permanecer en ese mundo ideal aunque no necesariamente mejor que éste. Quizás es por esta razón por la que escoge un texto de Borges –al que no profesaba una especial simpatía—como epígrafe para Cuando ya nada importe:
«Mientras escribo me siento justificado; pienso: estoy cumpliendo con mi destino de escritor, más allá de lo que mi escritura pueda valer. Y si me dijeran que todo lo que yo escribo será olvidado, no creo que recibiera esa noticia con alegría, con satisfacción, pero seguiría escribiendo, ¿para quién? Para nadie, para mí mismo».
Ese deber de escribir es lo que le une a tantos otros y lo sitúa en la misma diligencia del oficio que supone ser escritor. Es el mismo destino que acecha a Henry Miller cuando reflexiona en torno a Rimbaud en el ensayo Tiempo de los asesinos, el que planea sobre Vargas Llosa cuando medita en torno a la obra de Victor Hugo en el volumen de textos críticos La tentación de lo imposible o se acerca con indisimulado gozo al propio Onetti en El viaje a la ficción.
Es la entrega al arte, a la escritura, a la vida, al mundo. Entrega desmedida que lo vuelve un perdedor como tantos otros, es la misma entrega que enloquece a Pound, la entrega que salva, en oposición, a Kavafis, la misma entrega desmedida que lleva a Pavese a la muerte. Una entrega a la escritura desde siempre, como el mismo reconoce en un documental en el que Julio Jaimes le pregunta, hablando de 1930, tras su primera llegada a Buenos Aires, si fue entonces cuando empezó a escribir. Onetti le responde:
«Bueno, en realidad cuando yo empecé a escribir fue en el año 33. Digo, desde el punto de vista de la publicación, porque escribir escribía desde siempre, para mí».
Es la misma entrega sutil y constante que se ofrece a ese dios al que los habitantes de Santa María se dedican a adorar como se adora a todos los dioses: rito, invocación, la entrega formal y nunca dispuesta. Brausen, Diobrausen, al que sin quererlo evitar Onetti consagra una parte de su obra y en la que el límite de la adoración es tan extenso que pudiera pensarse que todo su mundo literario, incluso cuando no está presente, ha nacido para honrarle, para denotar sobre todos los accidentes, las historias, las tragedias que recrea su obra, para hacer constar su presencia/ausencia.
Porque hasta en los textos en los que Brausen no es la deidad máxima que rige los destinos de los santamarianos, Onetti, por boca de sus personajes, nos recuerda que todas las religiones tienen algo en común: su esencia mística, el deseo de entrega total a lo absoluto. La mística escindida del mundo en descomposición que construye, sabio, brutal y lírico, en novelas, textos y poemas que, poco a poco, se convierten en una suerte de escondite en el que encontrar refugio cuando la vida, de la que tan mal habló y tan acertadamente, se vuelve más perra de la cuenta.
Porque para Onetti el arte frente a la vida —una vida a la que no se cansa de definir como inútil y dolorosa, llena de sufrimientos—, con el poder del oráculo que siente que ha vencido a la muerte, a la hora de recordar a Susana Soca, nos señala un camino cuyas marcas se hunden en la nieve: «el arte justifica la vida, espectáculo, lectura o creación».
El arte como salvación, el arte como fuga, como huida, el escritor concebido como hacedor de milagros, como transformador de lo cotidiano. La obra literaria se establece como el reflejo de un mundo mejor que el mundo que refleja. Ya Onetti nos decía, por boca de sus personajes en Tiempo de abrazar que la vida es inútil y dolorosa.
Tan dolorosa, intensa y breve como la que sufre la protagonista del relato «La mano»: descartada la hipótesis de la lepra estigmatizadora tras acudir a la consulta de uno de esos doctores (Rius, Díaz Grey, entre otros) que están omnipresentes en su narrativa, se empeña para conseguir unos guantes que tapen la dermatitis que afea su mano (de origen psíquico¸ creo recordar que le diagnostican) pero pasa el baile en el que espera hallar el consuelo de otro cuerpo sola, marginada, hasta que en el cálido confort de su lecho se solaza con dos dedos, hundidos sobre la humedad sin mácula de su vagina. Doctores que no saben sanar son los que inundan su narrativa, falsos médicos a los que se acude porque no hay posibilidad mejor, doctores que no son consuelo ni poder sanador, pues son meros sancionadores de los designios que Brausen —u otro dios cualquiera— ha decidido, y que tan solo sirven para dar conformidad para sobrellevar los sufrimientos de la vida. A veces, los escritores no son más que doctores que recetan una medicina amarga, unpalatable, que dirían los ingleses.
De esta manera sus personajes sufren una suerte de viaje a lo imaginario, de descenso a ese reino de los muertos que si en Rulfo se llama Comala, en Onetti toma el nombre de Santa María, y el señor Paley se vuelve nuestro cicerone, nuestro Virgilio particular en ese viaje a la siempremejor Santa María, ciudad a la que personajes abocados al fracaso arriban con toda la esperanza puesta en un futuro mejor, a donde desdichadas y enloquecidas mujeres regresan con la esperanza de casarse con un novio muerto por sorpresa sobre otra mujer cualquiera en un boda oficiada por un párroco muerto, a donde la potencia transformadora de la ficción los hace mejores con relación al mundo real del que proceden.
Pero hay que saber que esta es una región inexistente, mestiza de las dos ciudades que marcan su vida y dan forma al carácter de lo rioplatense. Santa María sería Buenos Aires o Montevideo, pero pasadas por el tamiz de lo ilusorio, de lo imaginario, es el lugar al que tienen que huir aquellos que en el mundo real han fracasado, perdida ya toda esperanza de entrega y goce.
Pero, para Onetti, lo que verdaderamente es el mundo es esa realidad a la que da paso la ficción sin fisuras que representa la lectura y la propia creación, una escritura sin reelaboraciones, sin vuelta a atrás como es el mismo tiempo vivido y en cada instante perdido. Y es así, hasta el punto de que a Onetti le impresiona más la irreparable pérdida de sus bibliotecas que el irremediable cambio que se opera en las personas con el tiempo, hasta el punto de hacer buenos los versos de Neruda por el que nosotros los de entonces ya no somos los mismos.
Y cuando vive, sin ningún miedo ni tapujo, reconoce que esa misma fascinación por la escritura lo aleja de la vida y viceversa, entregándose, sin coartadas, a un buen vino o a un buen trago de Whisky, como declara sobre su admirado Faulkner.
«Degenerado dentro de la sociedad norteamericana, no buscaba dólares; se contentaba con ser, párrafo tras párrafo, él mismo dentro de su genio o su locura; se contentaba —lo dijo— con un poco de tabaco, un poco de whisky sureño y su maravillosa soledad nocturna en un granero al borde de la ruina, desbordante de marlos resecos, alfombrado por suciedad de gallinas».
Porque todo tiene que ver con la concepción literaria que inunda los textos en los que Santa María y sus gentes se hacen vivos: nada sucedió en Santa María aquel otoño hasta que llegó la hora fatal de la mentira. La mentira como fabulación, como producto de la imaginación, como parte sustentadora de toda realidad creada, como detonante seminal de la vida imaginada por Onetti.
Y es que es así, querido Brausen, que sin la mentira no seríamos posibles ni nosotros ni nuestros personajes, ni el mundo sería el que es, ni nosotros los que somos. Simples títeres bajo la mentalidad enferma de un amo que juega a quebrarnos con bruscos movimientos de peana.