Midnight escribía textos así:
«Se lo dijo a su médico de cabecera, pero no le creyó.
Lo primero que advirtió fue que algunas cicatrices que llevaban años sin desaparecer, lo fueron haciendo lentamente, de forma casi imperceptible. Su ceja derecha, que hasta entonces estaba señalada por un promontorio de carne rojiza, fruto de un corte por caída de motocicleta mal cosido, dejó paso a una ceja poblada, pero lisa. Lo mismo sucedió con las cicatrices de la pierna derecha, el brazo, su pecho y su mano. Cada una de ellas testimoniaba un hecho que no había podido olvidar de su vida, quizás, por el recuerdo constante que le ofrecían: la caída de un muro, el mordisco de un perro en una travesía nocturna de la Sierra de Cómpeta, un accidente con la bicicleta, una placa de mármol que en una mudanza cayó sobre su brazo desnudo hasta hacer que el tendón saltara. Sin embargo lo atribuyó al paso de los años, a no estar pendiente de cómo su cuerpo evolucionaba.
En el fondo, sus arrugas no habían desaparecido, incluso en la frente veía cómo una nueva línea se sumaba a las que le marcaban y su cabello se emblanquecía con constancia: cada día un nuevo cabello le delataba como un cincuentón que, sin quererlo, se acercaba a sexto sexenio, indefectiblemente. Y cada década que venía se parecía más a un década ominosa de lo que había pensado que podría vivir.
Eso sí, como otras personas de su edad, cada día era menos visible. Si volvía de la compra arrastrando su carrito notaba que ya no se apartaban de su paso. Tenía que esquivar a los grupos que hablaban en la acera, a las mujeres que conversaban de sus hijos, incluso las palomas parecía ajenas a su presencia y se veía a menudo obligado a golpearlas suavemente con la punta del pie para que dejaran libre su camino y poder así llegar a casa. Luego volvió al médico. Había perdido color y las líneas de su mano habían ido desapareciendo. D. Tomás le dijo que no se preocupara, que harían unos análisis por eso de cerciorarse de que la palidez extrema que ofrecía era por la falta de sol, pero eso sí, lo de las líneas de la mano serían imaginaciones suyas, si no, no tenía explicación: nadie pierde la línea de su destino en unas semanas.»
Solo Rebeca Midnight puede hacer que vengan todos de golpe, como en un día de difuntos, Doble H, HH, querido tú, como tú en un día aciago.
«Llegó el verano. Las vacaciones y el cansancio le recluyeron en casa. Pasaba todo el día observando los cambios en su cuerpo. Los documentaba con su cámara fotográfica y los subía al fotoblog. Al principio todo iba bien, parecía que su cuerpo permanecía tal y como lo recordaba hasta que una tarde al pasar las imágenes al ordenador sintió frío. Trató de bajar el aire acondicionado, pero por alguna razón no pudo: los mandos parecían ajenos al movimiento de sus dedos. Se sintió ligeramente enfermo y quiso acostarse a descansar un poco. Pero su cama ya estaba ocupada por el mismo. Trató de mirar sus palmas, pero ya sabía que la línea de su destino había desaparecido.»
«Llegó el verano. Las vacaciones y el cansancio le recluyeron en casa. Pasaba todo el día observando los cambios en su cuerpo. Los documentaba con su cámara fotográfica y los subía al fotoblog. Al principio todo iba bien, parecía que su cuerpo permanecía tal y como lo recordaba hasta que una tarde al pasar las imágenes al ordenador sintió frío. Trató de bajar el aire acondicionado, pero por alguna razón no pudo: los mandos parecían ajenos al movimiento de sus dedos. Se sintió ligeramente enfermo y quiso acostarse a descansar un poco. Pero su cama ya estaba ocupada por el mismo. Trató de mirar sus palmas, pero ya sabía que la línea de su destino había desaparecido.»