Estoy en la biblioteca del Hospital Real de Granada. Sentado en una enorme mesa de madera, al otro lado, Antonio M. Q. y yo nos miramos. Cada uno agazapado tras una montaña de libros, con los lomos todos intactos, y algún volumen abierto. Nos miramos con cierto temor, como si fuéramos esos terroristas que van a detonar en mitad de la multitud y quieren cerciorarse que el otro, siempre el otro, está ahí, dispuesto a detonarse.
Por la sala pasean varios sacerdotes con sus sotanas negras y sus alzacuellos, reconozco a alguno que otroy me sorprende que estén allí, conmigo, leyendo en la inmensidad de la sala que se hace más y más enorme conforme pasa el tiempo. Más altas las vidrieras, más altas las lámparas, más alto el techo que ha sustituido su artesonado de madera por gigantescos estantes repletos de libros con pastas de cuero.
Mal trenzados, los libros que tengo frente a mí se empiezan a descuadernar, como la mente de Alonso Quijano, te oigo decir y vuelvo a mirar a Antonio, como si de un momento todo se fuera a acabar y, ante la sorpresa de los miles de sacerdotes que nos rodean, comenzamos a lanzar los libros hacia el techo, con absoluta precisión, quedando, cada libro, en el sitio que les corresponde.
