sucede tras ver las últimas barcazas de madera
fondeadas con su carga humana en ambas orillas
de ver cómo el aire ondula igual al agua
del lago Gatún o del Nasser
sucede cuando la habitación se queda vacía
como latas de cerveza Stella sobre la mesa
sucede después del amanecer
tras la llamada cíclica de los muecines
entre el rumor sin descanso del tráfico en la ciudad
y que tú abandones la habitación
sucede después de contemplar el cielo y descubrir
-con la amarga tristeza metida en los ojos-
una estrella que quizás vieron
Cleopatra, Alejandro o Marco Antonio
o un Kavafis triste imaginando amar
a su hermano mientras traduce poemas
que quisiera haber escrito
sucede después de correr hasta Gizeh
para escuchar Aida en su explanada
de sentirte Verdi o Napoleón
paseando entre la piedra de las tumbas
y verte regresar con un pañuelo al cuello
y el rostro apenas maquillado
y la marca lenta de los días sin dormir
creciendo como una media luna
sobre cada uno de sus ojos
y el olor de la plaza Tahir
entre las telas limpias
que cubren tu cuerpo
y me dices sin miedo
que la vida no es un ingrato rubor
entre cópulas espaciadas.
